Yaíma Orozco parece una
canción. Una de esas canciones hechas para la madrugada y el susurro: Un acorde
de bolero o de filin; un sonido para hacer poesía; la
primera nota de una serenata.
A primera vista, uno se tropieza una
muchacha menuda, casi niña en sus gestos y ademanes. Sin embargo habría que
verla en plena llamarada nocturna, cuando los acordes de la trova se adueñan de
cada uno de los rincones de ese templo de la cultura que es El Mejunje, en la
ciudad de Santa Clara. Entonces su voz se suma a la de los trovadores de esas
tierras; se vuelve también disparo y viaje; crece, madura, se entrega, y toda
la supuesta fragilidad se rompe en un vivaz aleteo de su cantar, en pura y
adulta energía.
Distinta luce sin embargo cuando
hace sus propios temas. Aunque todavía casi está de estreno como compositora,
ya se percibe que hay mucha hondura y madurez por aflorar en esas canciones que
fluyen, aparentemente tranquilas. Y ese lago que lucen ser hasta ahora sus
creaciones, de seguro lleva profundas y agitadas corrientes debajo de la
superficie. Aguas y llamas que saldrán poco a poco a flote.
A pesar de sus 25 años y de su
licenciatura en Educación Musical, todavía se le asoma la timidez ante las
entrevistas. Mientras preparo mis preguntas me entero además de que se graduó
hace un par de años y trabaja como
profesora de Guitarra y de Apreciación Musical en la Escuela de Instructores de
Arte de la ciudad de Santa Clara.
Entonces me dice que prefiere cantar
a contestar cuestionarios periodísticos y con la promesa de que podrá hacerlo
luego, mientras esperamos la aparición de una guitarra, comienzo la ronda de
signos de interrogación:
¿Cómo descubriste que hacías
canciones?
A mí siempre me gustó la trova. Hace
como dos años me salió un día una canción, casi sin querer. Yo digo que no me
lo propuse. Estaba sentada en el parque, enamorada, y me salió. Después, un
tiempo después, se la enseñé al trovador Alain
Garrido, de aquí de Santa Clara, y me dijo que estaba muy bien, que siguiera
haciendo cosas. Y luego me han ido saliendo algunas otras canciones, con más
calma.
¿Por qué tu interés en ser
trovadora?
Me gusta la idea de la mujer sentada
con la guitarra, en la escena. Me gustan las cosas tranquilas y ese poder para
decir de algún modo lo que siento. Adoro
cantar; así, suave; me gusta mucho cantar. Aunque me veas en El Mejunje un poco
más viva, más fuerte cantando o haciendo coros, esas son otras facetas.
¿Influencias?
Me atrae mucho el trabajo de algunos
artistas de la trova, en especial Pablo Milanés y Liuba
María Hevia. Creo que si un día pudiera hacer un
grupo de músicos quisiera que fuera semejante al trabajo de Liuba.
Algo con violín o con cello pues me gustan mucho esos
instrumentos. Igual me atrae la música brasileña. Con la trova me pasa que
tiene la virtud de decir muchas cosas; pero lo prefiero hacer un poco más
sencillo, de manera que llegue, que trasmita y que las personas lo entiendan
directamente. Por ejemplo, lo que se le diría a la persona que uno quiere.
Habitualmente fueron las mujeres,
por lo general, las destinatarias de muchas canciones trovadorescas. ¿Cómo
sientes el cruce a la orilla de poder ser tú quien regale, dedique canciones?
Veo como algo muy natural que las
mujeres puedan también dedicar canciones y hacer canciones. Y no me parece que
haya diferencias entre la manera de componer las mujeres y los hombres. Al
final somos todos seres humanos: Queremos, amamos, apreciamos lo bello, tenemos
amistades... Por ahí están las motivaciones para componer, para escribir.
El mundo trovadoresco ha sido, hasta
ahora, de mayoría masculina.
¿Cómo te ha ido en un gremio así?
No me costó mucho trabajo entrar al
mundo de los trovadores de aquí de Santa Clara. Aunque al principio decidirme me
fue algo difícil; me era un poco incómodo porque soy la única trovadora aquí.
Pero ahora soy como la niña del grupo pues todos me cuidan,
me miman, me quieren mucho. Una se siente protegida y es muy lindo. Me hace
bien sentirme así.
¿Qué es para ti la guitarra?
¡Imagínate! La guitarra es como si
fuera un pedazo de una misma. Como mi brazo... Y sin guitarra no hay canción.
¿Sientes alguna cercanía por la obra
de otras trovadoras?
Me atrae mucho María Teresa Vera y
tengo música de ella. A pesar de que su época es muy distinta, ella tiene una
manera muy directa de decir en sus canciones. Yo prefiero no estar dándole
muchas vueltas a un asunto y me agrada su modo de hacerlo. Y una se da cuenta
escuchándola que hay muchas formas de expresar algo bonito y ese decir así,
directo, me llega mucho. También me gusta muchísimo Yamira
Díaz, que es más de esta generación. Y bueno, Sara González, Miriam Ramos...
también de ellas he escuchado cosas que me parecen muy buenas.
Justo entonces aparece la esperada
guitarra. Y qué mejor fin para una entrevista a una trovadora que escuchar sus
canciones. Y aunque el periodismo no incluye del todo la vocación de profeta,
mientras Yaíma reclama desde sus versos un beso con
sabor a llovizna, la flor de la canción o los secretos de un olor, con señales
y abrazos, es fácil percibir que el futuro también se sienta entre nosotros,
callado y sonriente, a escuchar estas trovadas en femenino.