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Una cubana universal
Palabras del rey de España en la entrega del
Premio Cervantes
Mercedes Santos Moray
Visiblemente emocionada, ya con 90 años y una salud
frágil, pero mente lúcida y el verbo luminoso, asistió Dulce María al acto
solemne, celebrado en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares,
tierra natal de don Miguel de Cervantes Saavedra.
Allí, la cubana universal evocó a su padre y narró una
anécdota de su progenitor, General del Ejército Libertador, porque incluso,
en momentos como ese, tan significativos para ella, don Enrique Loynaz y del
Castillo era una presencia viva, la que la enraizaba en su cubanía y había
sembrado en su descendencia un profundo sentido de pertenencia, el que la
unió siempre a la Isla.
Impedida de leer, por sí misma su discurso, el escritor
cubano Lisandro Otero, quien la acompañó solícito, como otros amigos, fue
quien tuvo el privilegio de leer las palabras de Dulce María que aquí
transcribimos, como un documento que denota, además, la sensibilidad de la
escritora y de la mujer quien fue, por cierto, la segunda femina en recibir
el máximo galardón que se otorga, por la obra de una vid, en las letras
iberoamericanas.
Antes, en 1988, lo había recibido la ensayista española
María Zambrano. Ambas han sido, hasta el presente, las dos únicas escritoras
a quienes se les ha honrado con tal lauro, dentro de un conjunto de 29
autores, de los cuales pertenecen 27 al sexo masculino.
DISCURSO DE DULCE MARIA LOYNAZ Y MUÑOS
Majestades, Presidente de la Comunidad Autónoma de
Madrid, señor Ministro de cultura, Autoridades Académicas, excelentísimos
señores y señoras... Constituye para mi el más alto honor que pudiera
aspirar en lo que me queda de vida, el que hoy me confieren ustedes uniendo
mi nombre, de algún modo, al del autor del libro inmortal.
Unir el nombre de Cervantes al mío, de la manera que sea,
es algo tan grande para mi que no sabría qué hacer para merecerlo, ni qué
decir para expresarle.
Un extraordinario pensador de la América Hispana, José
Martí, sentenció una vez: "Los hombres se miden por la inmensidad que se les
opone". Interpretando el sentir de esta máxima martiana en Don Miguel de
Cervantes, cuya obra es el eje central que motiva esta solemne ceremonia,
podemos decir que el glorioso "Manco de Lepanto" tuvo genio suficiente para
oponerlo ante la inmensa tarea que se propuso, dar fin a ella y conocerle
por ella las generaciones posteriores.
Es pues un gran honor y un compromiso muy difícil de
asumir, para quien recibe cada año este Premio, ser depositario, aunque
fuese menguada, de aquella extraordinaria luz del genio Cervantino.
Por lo tanto me honra singularmente que se haya
considerado mi nombre digno de acompañar, aunque sea de lejos, al del titán
de las lenguas españolas.
Acepto conmovida este Premio que se me concede en la
ciudad donde naciera el gran escritor, y en el paraninfo de la Universidad
de Alcalá de Henares, honor tanto más grato por cuanto lo recibo de manos
del Rey, Juan Carlos I.
En su libro Memorias de la Guerra, cuenta mi
padre, el general Enrique Loynaz del Castillo cómo, recorrieron la ciénaga
de Zapata durante la campaña de 1895, vino a dar a un claro del bosque un
oficial del ejército español dormía con la cabeza apoyada en un libro. Al
ruido de pisadas en la hojas secas despierta el durmiente que viéndose
sorprendido escapa dejando abandonados en el suelo un estuche de cuero y el
libro que le sirviera de almohada. Mi padre recoge ambas cosas, entre al
oficial que le acompañaba el estuche donde brillaba rica joya y retiene el
libro en cuya cubierta empieza a leer: "Historia del Hidalgo Don Quijote
de la Mancha por Don Miguel de Cervantes Saavedra."
Continuando la marcha por la inhóspitada zona, mi padre y
sus compañeros se extravían y tras caminar un buen trecho, rendidos de
fatiga, se sientan en el tronco de un árbol derribado. Mi padre abre el
libro y empieza a leer para sí, y luego se interrumpe con risa que no ha
podido contener.
¡Siga, siga riendo! –dicen los otros--, que esa risa nos
hace pensar que ya usted encontró el modo de salir de este infierno. Mi
padre vuelve a leer el párrafo que provocó su libertad, esta vez en voz
alta. Y todos ríen juntos, como si, en efecto, ya vieran resuelta la
angustiosa situación.
La risa, cuando puede participarse, hermana a los
hombres. Por otra parte no es difícil llorar en soledad y, a cambio, es casi
imposible reír solo.
La risa es una sustancia casi volátil, quiero decir
difícil de conservar: lo que hacía reír a nuestros abuelos ya no nos hace
reír a nosotros y lo que hoy nos hace reír, no es probable que haga reír a
una cuarta o quinta generación. El truco del pastel aplastado en el rostro
del cómico ya no funciona con los muchachos de hoy. Por eso considero
importante detenerme en resaltar esta faceta del libro inmortal a pesar de
que de una u otra forma ha sido comentado por otros autores.
Porque conservar fresco ese elemento volátil en palabras
escritas hace siglos creo que constituye una verdadera hazaña.
Nos dicen que hay animales que ríen pero si entendemos la
risa como un fenómeno inducido por la percepción de una situación cómica es
evidente que sólo el ser humano puede reír conscientemente. Porque es el
único capaz de percibir la comicidad de un acto en vivo o traducido a
palabras o a meras líneas.
Y como hemos ido perdiendo poco a poco las legítimas
motivaciones para la risa la actual generación ha tenido que inventarse lo
que llaman humor negro, que es una mezcla de azúcar y harina condimentada
con gotas amargas.
Mi padre lee algunos pasajes del Quijote y ríe. Pero,
¿dónde se encontraba mi padre?, en la más difícil de las situaciones,
perseguido y extraviado en plena selva tropical. Las condiciones no podían
ser más adversas y sin embargo mi padre ríe tan espontáneamente que su risa
es contagiada a sus compañeros. ¿Quién hizo el milagro? Un hombre que vivió
hace cuatrocientos años y lo suscitó con palabras escritas en un papel.
A lo largo de los siglos este libro ha ido leído, releído
y comentado. Es difícil hallar otro con tanta repercusión en los hombres de
distintos tiempos y distintos países salvo, tal vez, la Biblia.
Hay quien pretende que Cervantes sólo se propuso
ridiculizar y por tanto erradicar los libros de caballería tan en boga en su
tiempo.
Rechazo esta tesis: Me parece que rebaja el mérito del
gran escritor y de la gran obra.
Equivaldría a decir que Cervantes apuntó a una codorniz y
cobró un águila real.
Nunca me he afiliado a las teorías casuales, creo que en
todo hay un origen y un propósito pero como el tema es amplio y tal vez me
llevaría a afrontar otros, prefiero terminar con los más bellos versos que a
juicio mío se han dedicado al inmortal caballero andante: los versos fueron
escritos a principios de siglo por un modesto poeta cubano, a quien pude
conocer personalmente, y cuyo nombre era Enrique Hernández Miyares.
"La más Fermosa"
Que siga el caballero
su camino
agravios desfaciendo
con su laza;
Todo noble tesón al
cabo alcanza
fijar las justas
leyes del destino.
Cálate el roto yelmo
del mambrino
y en su flaco rocín
altivo avanza;
desoye el refranero
Sancho Panza.
Y en un brazo confía
y en tu sino.
No temas la esquivez
de la fortuna
si el caballero de la
blanca luna
medir sus armas
con las tuyas osa.
Y te derriba por
contraria suerte,
de Dulcinea en ansias
de la muerte
di que siempre será
la más fermosa.
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